Alejandro G. Iñárritu reúne a Tom Cruise y un elenco estelar en una sátira sobre el poder, el capitalismo y las contradicciones de Estados Unidos frente a una catástrofe global.
Digger (2026) Director: Alejandro G. Iñárritu
Por: Jazziel Benítez
«En gran medida, no vemos primero para después definir; definimos primero y después vemos».
— Walter Lippmann
¿Y de todo esto, desde dónde se está narrando? El tío Sam gira la ruleta; una naranja regordeta asume la presidencia; gazatíes son asesinados; en Piedras Negras, decenas de personas desaparecieron en un suspiro; billones de dólares garantizados para el futuro de «El Niño»; la DEA hace gaslighting; colombianos y mexicanos, hermanados en Ucrania para manejar un dron; la IA no me hace caso; la Lista Roja de especies en peligro de extinción sigue creciendo; China y Rusia mantienen una conversación… muy Waterloo; un peluquín rubio y desquiciado busca un botón rojo, a lo Fail Safe (1964).

«¡Un tsunami ha matado a más de 200 000 personas en Indonesia!». «¡Un paparazzi ha sacado una foto de la vagina de Britney Spears!». Así ejemplifica el filósofo Slavoj Žižek qué es un acontecimiento y qué factores interactúan para que algo sea considerado como tal. Por muy catastrófico o baladí que sea, sus repercusiones tarde o temprano nos tendrán bajo sus pies. Las plegarias se harán escuchar y, si hay un dios que nos vea padecer, sin lugar a duda le dirá a Digger Rockwell: es el precio de hacer negocios.
Digger (2026)
Alejandro G. Iñárritu regresa a la ficción después de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022). El diseñador de personajes que se enfrentan a sus propias contradicciones vuelve ahora con una sátira que cruza la comedia negra, el poder político y la catástrofe ambiental. En el centro de esta historia se encuentra Digger Rockwell, un magnate petrolero que pretende construir una narrativa en la que aparece como salvador de la humanidad frente a una crisis que él mismo desencadenó. Una premisa que le permite a Iñárritu explorar una de sus obsesiones recurrentes: la distancia entre la imagen que construimos de nosotros mismos y las consecuencias reales de nuestros actos.
El reparto
El ojo clínico de Iñárritu para seleccionar un reparto capaz de transitar entre lo grotesco, lo dramático y lo absurdo se hace evidente en un elenco que va desde el icónico John Goodman, cuya presencia aporta peso y autoridad al presidente Compson, hasta actores que construyen personajes de enorme presencia, como demuestra Goodman en The Big Lebowski (1998) y Argo (2012).
También destaca Sandra Hüller, reconocida por la precisión psicológica de sus interpretaciones en Anatomy of a Fall (2023), quien incorpora esa capacidad para sostener la tensión sin depender del exceso. Jesse Plemons, explorador de personajes moralmente ambiguos, como en Bugonia (2025), se suma a un conjunto que incluye a Riz Ahmed, protagonista de Sound of Metal (2019), quien ahora interpreta al impoluto Dr. Ganesh.
El montaje…
Iñárritu construye Digger sobre una estructura de relatos encajados: lo que inicialmente parece una sátira apocalíptica se revela como una representación teatral dentro de la propia película. La historia transita entre el escenario, los camerinos y la realidad exterior, borrando progresivamente los límites entre lo representado y lo vivido. El teatro no es únicamente el espacio donde transcurre parte de la acción, sino el dispositivo narrativo con el que el director cuestiona la propia construcción de la realidad.
Tom Cruise: el rostro del sistema que pretende satirizar
Reducir la participación de Tom Cruise en Digger a una cuestión de maquillaje sería ignorar una trayectoria que ya había explorado la transformación física y la incomodidad interpretativa en Born on the Fourth of July (1989) y Tropic Thunder (2008). Su capacidad actoral no está en discusión; la pregunta es si esta nueva caracterización representa un salto interpretativo de semejante magnitud o si su verdadero valor reside en otra parte: utilizar el peso simbólico de la estrella para desmontar, desde dentro, el imaginario estadounidense que él mismo ha contribuido a consolidar.
Digger es un magnate petrolero que encarna la arrogancia del capital, mientras que el relato apunta también hacia un gobierno que administra la catástrofe mediante el espectáculo, las excusas y la búsqueda de enemigos externos. La tentación de responsabilizar a China o a Rusia funciona como mecanismo de evasión: antes que asumir las consecuencias de sus propias decisiones, el poder desplaza la culpa hacia el adversario geopolítico.
Así, Cruise deja de ser únicamente el protagonista para convertirse en una pieza de la sátira: el rostro reconocible de una maquinaria económica, política y cultural que intenta preservar su autoridad incluso cuando exhibe sus propias contradicciones. Y cuando el presidente comodín necesite una explicación que lo absuelva de todo, ya sabemos cuál será su respuesta: «La culpa es de China». Al fin y al cabo, Estados Unidos parece cargar con todos los pecados del mundo, siempre que pueda atribuirlos a alguien más. Como reza el billete de un dólar: In God We Trust. En esa confianza, la película encuentra una última ironía: un país que invoca a Dios mientras negocia con sus propios demonios.







