El expresidente desnuda en su último libro, ‘Pueblo’, sus opiniones sobre empresarios, políticos e intelectuales con los que se ha confrontado, y revela algunos encuentros y conversaciones con algunos de ellos.
Con información de El País
Andrés Manuel López Obrador es como un refranero, un compendio de expresiones muy suyas. Una de ellas es que “su pecho no es bodega”, que dice casi siempre antes de soltar una crítica, una confesión o una descalificación. Eso significa: no guardarse nada. El detalle está en cuándo decir las cosas, contarlo todo, vaciar el pecho. En Pueblo, su último libro, un ensayo sobre la formación del Estado mexicano aderezado con sus memorias, el expresidente (2018-2024) lanza dardos a sus enemigos —políticos, empresarios, intelectuales y periodistas—, y revela algunas anécdotas que le vinculan a ellos, sobre todo encuentros y conversaciones. López Obrador (Tabasco, 72 años), fundador de Morena y referente de la izquierda mexicana, dirige duros calificativos a personajes de los que se ha distanciado —por ejemplo, el magnate Ricardo Salinas Pliego— a la vez que trata con gentileza a otros con los que mantiene cercanía tras años de tensiones —caso de Carlos Slim, otro empresario—.
Figuran, en las más de 700 páginas, sus usuales “adversarios”, como él les llama para evitar el beligerante término de enemigos: los expresidentes Carlos Salinas —del PRI—, Vicente Fox y Felipe Calderón —ambos del PAN—; el abogado y político Diego Fernández de Cevallos (“un buen orador y polemista”, “un palero del más rancio y corrupto conservadurismo”); los extitulares del INE Luis Carlos Ugalde (“un personaje lamentable”) y Lorenzo Córdova (“cuyo nombre es preferible olvidar”); los intelectuales Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín (“reclutados por el régimen oligárquico”); los periodistas Ciro Gómez-Leyva, Carmen Aristegui y Carlos Loret; los empresarios Claudio X. González, Roberto Hernández, Alberto Baillères y Eduardo Tricio.
Con los hombres de negocios de México siempre ha tenido una relación tirante. A muchos los incluye en el “grupo compacto” que se benefició de la privatización de compañías estatales en la época de Carlos Salinas de Gortari. También les reprocha que, en las elecciones de 2006 —su primera campaña presidencial—, se aliaran al PRI y al PAN para hacerle un fraude. Misma historia en 2012, segunda campaña presidencial y segundo fraude, según su versión. Hasta 2018, cuando por fin ganó la elección y vino un reacomodo en torno al nuevo poder. Allí surgió la insólita cercanía de López Obrador con quienes, dice él, le hicieron la guerra: Salinas Pliego, Slim, Baillères, Tricio. “Más de la mitad de los que se lanzaron en contra nuestra ya han cambiado su actitud”, escribe. De hecho, comparte que Tricio, cabeza de Grupo Lala, “en un acto de autenticidad inusitado”, le “ofreció disculpas hace no mucho”. “Ciertamente, no a todos se les puede tachar de canallas”, dice.
Los empresarios
Slim, cabeza de Grupo Carso, el hombre más rico de México, se convirtió en un gran aliado de López Obrador en el ámbito empresarial. El dirigente le reconoce su adhesión, aunque lo hace de manera ambigua. Por un lado, sostiene que el magnate “respeta la figura presidencial, no se apasiona tanto por lo electoral” y, aunque ambos piensan distinto, Slim “actúa con prudencia”. Por otro lado, al hablar de la privatización de empresas en el salinismo, dice que Slim —que adquirió Telmex— y Roberto Hernández —Banamex— han competido entre sí “en cuanto a tráfico de influencias se refiere”. López Obrador cuenta que, antes de conocerse el resultado de la elección de 2018, los “potentados”, desesperados por cerrarle el paso, intentaron convencer a Slim de volverse candidato presidencial, propuesta que el magnate rechazó. “Era y sigue siendo un hombre de negocios y, por cierto, nada tonto”, concede el dirigente. Sin embargo, le lanza un reclamo al empresario por “trastabillar” cuando criticó la decisión de su Gobierno de cancelar el Aeropuerto de Texcoco.
López Obrador formó una alianza con los empresarios al llegar a Palacio Nacional. Fue cuando se acercó a Salinas Pliego, dueño de TV Azteca, también ubicado entre los más ricos de México. Llegaron a llamarse mutuamente “amigos”. Pero la relación se fracturó hasta el rompimiento de estos días, en que el magnate dirige sus canales contra el exmandatario, Morena y el Gobierno de Sheinbaum. López Obrador revela que, antes de la elección de 2018, cuando todo apuntaba a su triunfo, sostuvo una reunión con Salinas Pliego y otros hombres de negocios en las oficinas de TV Azteca, donde, dice, les advirtió que no les daría un trato especial en su Gobierno.
López Obrador atribuye el distanciamiento con Salinas Pliego a su “fascinación desmedida por la obtención de dinero”, su “ambición enfermiza por lo material” y su “necesidad de fama y poder”. “Desde que lo conocí era bronco, vengativo y reaccionario, pero me llamaba la atención que se trataba posiblemente del multimillonario que más leía en el país, y, desde luego, más inteligente que ahora, cuando empezó a involucionar”, describe. El diferendo está relacionado con la manera en que el Gobierno de López Obrador forzó a que el conglomerado empresarial del magnate liquidara adeudos atrasados con el fisco. El exmandatario sopesa que, además de eso, Salinas Pliego “se embelesó con el internet”, donde ha encontrado una base de apoyo incluso para una posible candidatura presidencial. “Pobre Ricardo, ojalá y rectifique”, dice López Obrador, “que no caiga por entero en la autocomplacencia”.
El mismo tono condescendiente lo utiliza con el expresidente Peña Nieto, a quien reconoce por no dejarse tentar por los empresarios que le pidieron meterse a la elección de 2018 para frenar a López Obrador. El dirigente morenista lo describe como “un subordinado más de la élite dominante, quizá no perverso, pero limitado y frívolo”. Apunta que, en una conversación privada, Peña Nieto le dijo con pesar que los empresarios eran muy traicioneros, pues lo habían dejado caer cuando él los había ayudado. “[Llegaron] al extremo de convertirlo en el payaso de las cachetadas”, reflexiona López Obrador. “Sin embargo, en abono a Peña”, apunta, “hace poco le pregunté a un multimillonario mexicano, requetebién informado, sobre quién era el expresidente más rico; ni siquiera parpadeó y me contestó de inmediato: Salinas”.
Los expresidentes
Salinas de Gortari (1988-1994) es, para López Obrador, “el padre de la desigualdad moderna”, el origen de todos los males del México actual y el hombre que mueve los hilos del poder político, artífice de la alianza de facto entre el PRI y el PAN (el “PRIAN”). En su sexenio, el país se abrió al neoliberalismo, se profundizó la desigualdad, se desató la corrupción en la política, hubo represiones y matanzas, magnicidios, crisis financiera. Entre la izquierda mexicana hay un consenso en torno a que Salinas ganó la elección de 1988 contra Cuauhtémoc Cárdenas gracias a un fraude. López Obrador dice que, años después, Salinas se reunió con directivos y conductores de Televisa. Allí, el priista dijo “de manera cínica y perversa que sentía una especie de remordimiento, de cargo de conciencia” por Cárdenas, y que “haría lo posible por ayudarle y por reivindicarse con él políticamente”. Era parte del plan, según López Obrador, de impedir que él se convirtiera en candidato presidencial para 2006.
El 23 de marzo de 1994, el delfín de Salinas, Luis Donaldo Colosio, fue asesinado. López Obrador, que recién había roto con el PRI e iba en ascenso como líder opositor en Tabasco, cuenta que vio a Colosio dos días antes, en Ciudad de México. “Hablamos de la necesidad de un cambio en la política económica, y siempre recuerdo su subversiva y temeraria expresión para esos tiempos: ‘Hay que regresar a Keynes”. López Obrador sostiene que el de Colosio fue un asesinato “vinculado con el poder”, un “crimen de Estado”, porque el candidato “tenía discrepancias arriba”.
Colosio fue reemplazado en la carrera presidencial por Ernesto Zedillo, que era “ampliamente desconocido, tieso como un bolillo”. López Obrador lo define como “un auténtico tecnócrata”, “un empleado de la oligarquía”. En su sexenio (1994-2000), López Obrador llegó a ser dirigente del PRD, entonces el partido referente de la izquierda, y trataba con el presidente priista. “Había mantenido, aunque con diferencias, una relación más o menos constante con él”, dice, hasta que, en una reunión, a Zedillo “se le escapó” contarle de su plan de rescatar a los bancos de la crisis financiera, el polémico programa conocido como Fobaproa. “Fue tan grande la discrepancia con Zedillo por ese tema que nunca volvimos a encontrarnos”, dice. “Ahora pertenece al grupo de expresidentes de derecha contratados y utilizados para hablar mal de los gobiernos populares que no son del agrado de las oligarquías”, dice.
Con Zedillo terminó la hegemonía de siete décadas del PRI y, en el 2000, ganó la elección Vicente Fox, candidato del PAN. El dirigente de Morena cuenta que lo vio algunas veces en persona. La primera vez, en 1991, en una conferencia en Guerrero. “Cuando a Fox le tocó exponer, lo sentí acartonado, falso. Se apoyaba en su presencia física, con ademanes fingidos, y repetía frases aprendidas de memoria. Todo un simulador”. López Obrador lo describe también como “una persona sin principios”, que engañó a la gente prometiendo un cambio de régimen. “Yo nunca le creí, pero debo reconocer que me quedé corto: simplemente lo sentí vacío desde el principio, desconocedor de la historia, reaccionario y muy ignorante, pero nunca pensé que fuera tan perverso”, comparte.
Las otras dos veces que lo vio, López Obrador ya era jefe de Gobierno de Ciudad de México y claro aspirante presidencial. Fox le planteó la necesidad de aprobar una reforma fiscal para incrementar los impuestos y le pedía su ayuda con el voto del PRD. Este lo rechazó y le recriminó su alianza con Salinas: “presidente —le dijo—, no es posible que usted termine aliado con lo peor que hay en la política mexicana, si usted llegó con la bandera del cambio”. “No me contestó”, precisa.
Merecer el poder
El dirigente relata que Fox barajó la posibilidad de que su esposa, Martha Sahagún, le sucediera en la presidencia. Afirma que Fox le dijo a Lino Korrodi, que era muy cercano al mandatario panista: “no nos caerían mal seis añitos más”. Esto, dice, se lo contó el mismo Korrodi, convertido al morenismo. Otro empresario, de quien no da el nombre, le contó de un encuentro que tuvo con Fox, donde el presidente le dijo que “por ningún motivo” iba a permitir que López Obrador fuese candidato para 2006. “Si Andrés Manuel llega a la presidencia, me va a meter a la cárcel”, le dijo al confidente, siempre según el libro.
Con Felipe Calderón hay el mayor encono. Lo llama “el usurpador” y “el espurio”, acusándolo de fraude en la elección presidencial de 2006, una trama en la que mete también a empresarios, medios, gobernadores, intelectuales, al “PRIAN” y a las autoridades electorales. “Calderón siempre ha sido un simulador; encarna la hipocresía”, escribe. López Obrador sostiene que, para legitimarse en el poder, aunque también cediendo a las presiones de Washington, el segundo mandatario panista emprendió la guerra contra el narco, “una idiotez y un error garrafal”, que sumergió al país en una espiral inacabable de violencia. “Calderón tiene ese perfil extremista: es de los políticos más reaccionarios y autoritarios de México”, sopesa. “Pobre Calderón, infeliz. En vez de odio, merece compasión”. “Llegó al poder de manera ilegítima, nunca probó que merecía ejercerlo, lo detentó para desgracia de muchos”, lanza.
Al presidente panista lo acusa de confabular con el PRI para cerrarle el paso en 2012, donde también acusó un fraude electoral mediante “un operativo cínico y prepotente de compra de voluntades”. El PRD logró, al menos, arrebatarle al PRI la gubernatura de Tabasco. Sin embargo, el PRI no quería reconocer la derrota y emprendió una operación mediática para deslegitimar el resultado. López Obrador relata que el día de la elección, a la medianoche, Peña Nieto —ya seguro de su triunfo— le llamó al dirigente priista, Pedro Joaquín Coldwell, para ordenarle que ya “soltaran” Tabasco, porque quería mandarle un “guiño” al derrotado candidato presidencial del PRD. Así se hizo. “No digo, por decencia, lo que pensé entonces sobre esta situación”, escribe López Obrador, aunque no revela cómo supo de esa supuesta llamada. El morenista sostiene que, a lo largo de los años, tuvo informantes inesperados por doquier: choferes, meseros, empleados de oficina que atestiguaron todo.
López Obrador rompió con el PRD cuando este partido y el PAN pactaron con el PRI las llamadas reformas estructurales de Peña Nieto. Se lanzó a la fundación de Morena, que, finalmente, lo aupó a la presidencia en 2018. El dirigente cuenta que, de alguna manera, tuvo la confianza de que esta vez triunfaría cuando vio que la alianza del PRI y el PAN se había roto. El episodio ocurrió en uno de los debates entre candidatos presidenciales, cuando el panista Ricardo Anaya dijo que, si ganaba, metería a la cárcel a Peña Nieto por ladrón. El abanderado del PRI, José Antonio Meade, saltó y dijo que quien debía ir a prisión por corrupto era Anaya. “Confieso que me gustó la autenticidad y la muestra de lealtad de Meade hacia el presidente Peña”, comparte López Obrador.
El líder morenista relata una anécdota con el cantautor cubano Silvio Rodríguez, de quien es amigo. Un día, López Obrador le dijo que le gustaba mucho su canción “Ese hombre”, porque le parecía “una recomendación para todos los políticos de izquierda”. La letra aconseja cuidarse del “placer perverso [de] llegar a creer merecerlo todo”. Silvio le dijo a López Obrador que, en realidad, compuso esa canción para sí mismo, para “no perder el piso”, no dejarse llevar por la ola de la fama. “Es una canción bellísima, aleccionadora”, escribe López Obrador. El expresidente afirma que ahora, en el retiro, vive tranquilo, “satisfecho con lo humanamente realizado” en sus tiempos de dirigente. Y reflexiona: “Tuve la virtud y la suerte de llegar al poder, y al dejarlo, luego de haber hecho el bien a muchos, me quedó el sentimiento de que merecía ejercerlo”.









