El vuelo de la desgracia: los 147 deportados de Estados Unidos que terminaron bajo los escombros en Venezuela

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Primero fueron las víctimas de Trump, hoy son las de la catástrofe venezolana. El mismo día de los terremotos, los migrantes llegaron a su país en un vuelo desde Texas. Solo han sido encontrados 12 con vida, aunque aún no hay confirmación oficial.


Por: Carla Gloria Colomé para El País

Habían llegado a la patria y la patria los había recibido pocas horas antes de que Venezuela se convirtiera en una fosa común de concreto y de cuerpos sepultados. Volvían sin nada, apenas la ropa y ellos mismos, como no se suponía que regresaran del país al que se habían ido a buscarlo todo. En la mañana del miércoles 24 de junio, Melvin Maldonado, el jefe de la misión encargada de gestionar el programa de repatriación nacional, difundió un video de los nuevos 147 deportados desde Estados Unidos, los del vuelo 164, e hizo gala de cuán generosa era la patria por aceptarlos de vuelta. Al grupo se le vio satisfecho en las instalaciones del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, livianos por haber dejado atrás los centros de detención de Texas, o de Georgia, o de Miami. Al rato, la publicación de Maldonado se atiborró de preguntas: “Por favor, ¿dónde están los que llegaron? Los estamos buscando, ¿cómo podemos saber de nuestros familiares?, ¿por qué no han llegado a sus hogares?, ¿alguien sabe de Daniel Henrique? ¿de Johana Pineda?, ¿dónde están los del vuelo 164?”

“¡Ese de allí es mi cuñado!” Verónica Nieves lo reconoció de espaldas en el video difundido por Maldonado. Sin dudas era él, Yamil Caldera, 32 años, el hombre de pantalón negro y pulóver rojo, ansioso por llegar a Cumaná, en el estado de Sucre. Había sido detenido hacía meses en un mercado de la cadena Walmart junto a su esposa por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), y luego fueron trasladados al Centro de Detención de Eloy, en Tucson, Arizona. A él lo habían deportado este miércoles, a ella le quedaba aún una cita con el juez.

Ya en Maiquetía, a Caldera le dio tiempo de llamar a su familia y confirmar que, después de varias horas de vuelo desde Texas, había aterrizado en su país. Anderson Antonio Pérez, de 33 años, quien vivía desde hace un año y medio en la ciudad de Montgomery, en Alabama, llamó a los suyos sobre las cuatro de la tarde. “Habló con su esposa, dijo que habían llegado y que los iban a ubicar para, al día siguiente, traerlo para acá para Barquisimeto, pero ya no se supo más nada de él”, dice la hermana, Yujaby Elizabeth Díaz Pérez.

Desde las instalaciones del aeropuerto, los venezolanos deportados —120 hombres, 19 mujeres y siete niños— fueron conducidos por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) hacia el Hotel Santuario La Llanada, en el estado La Guaira, cuando aún nadie sabía que en realidad los estaban llevando hacia la misma boca de los más grandes temblores que los venezolanos hayan sentido bajo sus pies en más de un siglo. Todavía no eran las 18:04 hora local, el momento exacto que les removería la vida para siempre.

El Hotel Santuario La Llanada, una estructura sin ningún lujo, manejado por la Misión Negra Hipólita y localizado en una montaña a poco más de media hora de Caracas, fue en el pasado la sede del Colegio San Benito, prestó alguna vez servicios a personas en situación de calle y con problemas de adicción, y devino el sitio de aislamiento de los viajeros que llegaban infectados de Covid-19 al aeropuerto de Maiquetía durante la pandemia. Desde que la administración de Donald Trump y el Gobierno chavista establecieran un acuerdo de deportación, el hotel ha sido el lugar donde han recalado los migrantes. De este año, se desconoce la cifra total de venezolanos que fueron devueltos a su país por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) estadounidense, pero en el 2025 el localizador ICE Flight Monitor registró 73 vuelos de deportación hacia Venezuela, operados dos veces por semana, que cargaron con casi 14.000 personas.

Una vez en el hotel, los recién llegados se someterían a ciertos protocolos: chequeos médicos, vacunación, trámites para cédulas. En uno de los dormitorios estaba Joan, de 28 años, que el 13 de junio fue detenido por ICE cuando se dirigía a su trabajo, en Florida, donde quedaron su hija de seis años y su esposa. La familia estaba desesperada porque saliera del centro de detención de El Paso y volviera a Venezuela.

“Intentamos mediante abogados poder sacarlo bajo fianza, pero los costos eran demasiados, no contábamos con los recursos para poder pagar, y decidimos que él iba a firmar su salida voluntaria, y así lo hizo”, cuenta por teléfono su esposa Daniela.

El miércoles, en el hotel, Joan se había bañado y se iba a acostar a dormir después de un viaje agotador. Se sentó en una de las literas, se sintió mareado, observó cómo todo se movía a su alrededor, como si el Dios del mundo los estuviera sacudiendo a todos con rabia. Alcanzó a ponerse los zapatos y una camisa, logró dar tres pasos largos, gritó: “¡es un terremoto, es un terremoto!”

Ahora mismo no puede pronunciar una palabra, “está en shock”, su esposa Daniela lo cuenta por él: “Cuando ya estaba por llegar a la puerta, el hotel colapsó, él quedó bajo los escombros. Dice que sobrevivió porque una litera le cayó encima, los colchones lo ayudaron a resistir el peso. Estuvo tres horas bajo los escombros, escarbando, y logró salir por sus propios medios. Cuando salió, intentó ayudar lo más que pudo, intentó rescatar a varias personas vivas y a otras que lamentablemente no lo lograron”.

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